Una reseña gastronómica sobre el pequeño reducto asiático junto a la Estación del Norte, donde el fuego del wok convive con el frescor cítrico del yuzu.

Valencia tiene esa virtud camaleónica de albergar pequeños microcosmos geográficos en sus calles más singulares. Mientras la agitación comercial se concentra alrededor de las grandes estaciones, el entramado urbano que rodea la mítica plaza de Convento Jerusalén esconde esquinas donde el ritmo se transforma y los aromas cambian por completo. En el número 21 de la calle Pelayo se asienta Vi Viêt, un espacio de estética limpia y despejada, con lámparas colgantes y un llamativo neón en la pared, que huye de las puestas en escena refinadas para concentrar su discurso en la cocina tradicional vietnamita, aquella que se nutre del equilibrio entre frescura, hierbas aromáticas y el fuego vivo.
La propuesta culinaria, respaldada por un equipo nativo que gestiona tanto los fogones como la sala, ha ido consolidando un público fiel en la ciudad gracias a un boca a boca que premia la autenticidad de sus caldos y salteados. El servicio de sala destaca por un trato discretamente amable y solícito, logrando despachar las comandas con una fluidez notable. Su propuesta para el mediodía alterna una concurrida opción de menú del día por 12,50 € —que incluye bebida, dos primeros y un principal— con una carta abierta sumamente accesible, estructurada para compartir y recorrer los hitos de la gastronomía de Hanói sin que el bolsillo sufra en el intento. Una parada idónea para explorar texturas y contrastes nítidos.

Empezamos con los tradicionales Nem Hà Nôi (6,50 €). Se trata de unos rollitos de primavera de formato uniforme. Llegan a la mesa envueltos en una crujiente lámina de arroz frita hasta alcanzar un tono dorado impecable, asentados sobre hojas frescas de lechuga del que asoman bastoncitos de zanahoria y hojas de cilantro fresco. Se acompañan de un cuenco con la indispensable salsa nước mắm traslúcida y salpicada con unas semillas de sésamo, aportando ese toque salino y umami que redondea un comienzo muy apetecible.

A continuación, cambiamos de registro geográfico con el Gà Chiên Giòn (10,50 €), es lo que tiene no conocer bien la gastronomía del lejano oriente, una incursión en el pollo crujiente al estilo coreano. La ración es generosa, compuesta por abundantes bocados de ave con un rebozado dorado-rojizo cubierto densamente por semillas de sésamo blanco y salsa Gochujang . El plato incorpora una guarnición de patatas fritas salseadas con un zigzag de mayonesa, junto a unos encurtidos de zanahoria y nabo finamente formateados en hilos. Sin embargo, la elaboración tropezó en el apartado técnico, la carne resultó excesivamente seca en su interior seguramente debido a una sobrecocción en la fritura, desluciendo el bocado a pesar de su apariencia exterior.

El rumbo culinario se enderezó de forma sobresaliente con el Pad Thai de gambas, sepia y mejillones (12,50 €). Los fideos de arroz salteados exhiben un brillo impecable gracias al paso por el wok y el aderezo de una salsa de tamarindo genuina. El plato integra brotes de soja crujientes, cebolla frita, cacahuete picado en un extremo y un huevo cocido partido por la mitad. Un salteado equilibrado y sumamente disfrutable.

El punto máximo de la comida llegó con el Cà Ri Tôm o curry vietnamita de gambas (12,50 €). Presentado en una pequeña cazuela metálica con asas sobre una base protectora, venía bastante caliente, presentaba una salsa ocre y sedosa, de perfil aromático y balsámico. El guiso integraba de manera impecable la textura tersa de las gambas junto a una variedad de hongos tipo shimeji, juliana de cebolla y pimientos, coronado con unas hojas de cilantro fresco y semillas de sésamo blanco.

Le acompañó un cuenco de arroz blanco, de grano largo y aromático (basmati o jazmín), cocido al vapor con una técnica excelente que lo dejó bastante suelto y firme, rematado con cebolla frita crujiente, resultó un aliado idóneo para empapar el curry.

El postre se resolvió con el Pastel de Yuzu (5,50 €). Un postre industrial de formato circular e individual que se presenta sobre una base ligera de bizcocho, cubierto por una capa de gelée cítrica de color amarillo brillante con pequeños trozos de fruta confitada y una pieza de physalis abierta en la cima. Su marcada acidez cítrica limpió de manera excelente el paladar tras los registros especiados de la comida.

Como era de esperar la bodega no es amplia, pero pudimos encontrar esta opción, una botella de Protos Verdejo 2025 (16,50 €). Este blanco de la D.O. Rueda, criado sobre sus lías finas, aportó una buena estructura en boca, notas de fruta blanca y ese característico final amargoso que anduvo muy a la par con los matices especiados, jengibre y salsas agridulces de la comida. Estuvo bien.
Su cocina defiende una identidad culinaria que se agradece en un escenario urbano a veces saturado de fusiones mal entendidas. Un espacio modesto en formas, pero directo en intenciones, que mantiene perfectamente el tipo gracias a una excelente relación calidad-precio y pases tan redondos como su curry de gambas.